Cuando se acerca el final del año sobreviene la sensación de que algo definitivo va a ocurrir el 31 de diciembre a las doce de la noche, una suerte de telón metafísico va a caer delante de nosotros para dar paso a un tiempo nuevo lleno de promesas. Compartimos estas reflexiones de la periodista Cecilia Absatz.
Una gota de acción vale más que un torrente de promesas.
—Mae West
Por Cecilia Absatz*
Es un momento cargado de finales pero, aunque la fecha sea propicia, a esta altura ya tengo claro que los balances no son obligatorios. Es un lindo recurso para los medios pero la gente distraída como quien les habla prefiere evitarlos porque la vertiginosa velocidad del tiempo no deja de sorprenderme. Cómo. No puede ser. Si esto pasó la semana pasada.
No solo los balances son optativos —yo paso— también los propósitos me ponen nerviosa. Qué propósito formulado el 31 de diciembre no existía, pongamos por caso, el 14 de octubre. Todas esas promesas convencionales de la fecha, ese costado extracurricular que nos encantaría cumplir (otra vez el plural, disculpen) como ir al gimnasio o aprender a jugar al bridge, ya sabemos en el fondo que lo mejor sería no expresarlo en voz alta. Mucho menos ponerlo por escrito.
Por otra parte, cada día del año, y por qué no el 31 de diciembre, me pregunto por qué estoy tan segura de algunas cosas. Tal vez demasiadas. Creo que debería reflexionar sobre eso.
Lo veo en los otros, la gente no se priva de opinar. En los medios por ejemplo, sobre todo en el mundo del espectáculo, entrevistadores y entrevistados se expresan con palabras asertivas, adjetivos categóricos, signos de exclamación.
La gente opina y la opinión, en cuanto se forma, se hace de hierro. Se instala de uno u otro lado de la cuestión y no se moverá. Si el opinador se toma el trabajo de discutir será solo para afianzar su propio sistema de argumentos, nada lo va a hacer cambiar. Cambiar de opinión es como perder en alguna clase de juego.
Esa manera de aferrarse a una opinión, me parece, indica una forma de pereza. Es más fácil defender una idea establecida que sacudir esa estructura mental y por una vez escuchar, por ejemplo, la opinión del otro. Considerarla, darle una oportunidad. Estudiar la opinión del otro como si fuera un crucigrama, una intriga matemática, un poema hermético, una película de argumento difícil, un misterio a resolver.
Cambiar es difícil, porque además del esfuerzo que requiere en sí mismo, necesita un vigor extraordinario para sostenerse frente a los demás. A los demás tampoco les gusta el cambio, ni el propio ni el ajeno. Muchos entienden que el que cambia es un traidor. Cambiar es lo más difícil del mundo, pero contiene un secreto: resulta rejuvenecedor. Esto es lo que personalmente me propongo para el año que se inicia, internarme en una especie de spa del pensamiento. Es gratis en dinero pero muy costoso en concentración y trabajo mental. Las cosas son de por sí, comprendí: se llama fenomenología. Si uno logra ese estado parecido a la mente en blanco, recupera la sensación de no tener un sistema organizado de opiniones. Como cuando era joven. Cuando estaba abierta a los prodigios del mundo, abrumada por la vida pero segura de que podía con ella.
Odio todo
Odio a los mozos que te llenan la copa más de lo debido.
Palabras
«Un hombre que miente ocasionalmente ha dicho algo de la verdad —dijo con firmeza el padre Brown—. Suponga que alguien le envía a buscar una casa con una puerta verde y una persiana azul, con un jardín delantero pero no trasero, con un perro pero no un gato y donde se bebe café, pero no té. Usted diría, si no encuentra esa casa, que los datos eran falsos. Pero yo le digo que no. Yo le digo que si encuentra una casa con la puerta azul y la persiana verde, con un jardín trasero pero no delantero, en la que hay gatos y a los perros se les dispara, donde se bebe el té a mansalva y el café está prohibido, entonces esa es la casa que estaba buscando. El hombre debía conocer bien la casa para equivocarse con tanta corrección».
G.K. Chesterton (El duelo del Dr. Hirsch)
Qué hay para ver
Se llama La bestia en mí y está en Netflix. Toma un momento reconocer a Claire Danes, con el pelo oscuro y de muy mal humor. Es Aggie Wiggs, una escritora que ganó el premio Pulitzer con su primer libro, obtuvo un buen contrato y se compró una casa lujosa. Nunca imaginó que justo al lado se iba a mudar Nile Jarvis (Matthew Rhys) un millonario de oscura fama puesto que todo el mundo está convencido de que mató a su mujer. Fue procesado pero resultó absuelto por falta de pruebas (nunca se halló el cadáver).
Todo comienza mal entre ellos puesto que Aggie no pertenece a la clase que se amedrenta ante un poderoso; esto inquieta a Jarvis, poco acostumbrado a este estilo. Pero como es un psicópata redomado y talentoso despliega todas sus plumas y consigue establecer un vínculo con ella. Aggie está bloqueada y no puede avanzar con su segundo libro. Tiene una tragedia personal de la que no se consuela, su matrimonio se desmorona, cae en la depresión y la furia. Esto la vuelve vulnerable al avance de Jarvis. Aggie estaba convencida de que el hombre mató a su mujer, y no solamente a su mujer. Ahora duda.
Jarvis tiene un proyecto de construcción en los barrios más humildes de la ciudad y su verdadera antagonista es Olivia Benítez (Aleyse Shannon) la concejala que, tanto o más carismática que él, ha logrado encender un movimiento popular en su contra.
La dama parece incorruptible hasta que se ocupa el padre de Nile, Marty Jarvis, el inefable Jonathan Banks.
La bestia en mí, creada por Gabe Rotter, consigue mantener la tensión hasta el último minuto, algo no muy frecuente.
El jerónimo de la semana
Lo peligroso de las operaciones es la anastasia.
A propósito
Recuerdo cuando Las Fiestas eran para mí una especie de padecimiento. Nada grave, por supuesto, pero un tema a sobrellevar. Era preciso tener un buen programa, algún festejo glamoroso, una reunión sentimental, una escena de familia si fuera posible, una banda de amigas si no estabas en pareja, lo que fuera. Porque durante los días siguientes sería imposible evitar la pregunta de rigor: ¿Qué tal pasaste las fiestas? Se podía mentir, por supuesto, pero al ser joven «pasar las fiestas» era todavía un mandato personal.
Pasan los años. La última vez que celebré el fin de año con mis amigos, en un momento miré la hora y apenas eran las diez. Faltaban todavía dos horas. Mátenme, pensé. Por suerte ahora a nadie le importa qué tal pasé las fiestas. No tengo que demostrar que llevo una vida espléndida. Puedo quedarme en mi casa, tomar champagne y mirar una linda película en la televisión. Es bastante probable que a eso de las diez esté durmiendo, a menos que me despierte la pirotecnia, aunque mi barrio es bastante educado y no molesta.
Entiendo que este año va a hacer mucho calor el último día del año. Les deseo lo mejor, si es posible una quinta con pileta, una gala en el Four Seasons, un baile en el club de acá a la vuelta o sentimentalmente en el Club del Viejo Smoking. Champagne y Coca Cola. Caviar y sandwiches de miga. Helados y petit fours. Gente fina.
Como dijo Scarlett O’Hara
Mañana será otro día.
Hasta el año que viene,
*Publicación realizada en el newsletter «Viejo Smoking», de la autora.
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30 diciembre, 2025