Marcela Alluz terminó su última novela “La Otra de mí”, próxima a editarse. La escritora santiagueña radicada en Córdoba repasa su obra, atravesada por un modo de narrar deprejuiciado y contundente, que incluye personajes femeninos de una complejidad abrumadora.

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   Por Myriam Mohaded

“Necesitó la vida para escribirse un barco plomizo hamacándose sobre las aguas oscuras de un mar que bañaba las costas de un país que se eternizaba en guerras; y los ojos de un transhumante que tenía el oro de los árabes, la palabra. Lo demás, lo demás fueron los dados bailando y cayendo. Un judío, un árabe, un país en el sur con la geografía calcada de ese otro que guarda desiertos, un pueblo a la orilla del Ferrocarril Belgrano y un par de hombres con el delirio hecho risa apeándose del tren y fundando la vida.” Así culmina su novela Marcela Alluz, la escritora santiagueña radicada en Córdoba que relata en su libro “Contigo en la distancia” la historia de aquellos inmigrantes que llegaron a Santiago del Estero en búsqueda de un paraíso imaginario pero siempre con la intención de volver.  “Contigo en la distancia”(2012) y “El dueño del río” (2014) , son sus novelas editadas. “La Otra de mí”, está próxima a salir.

“A mí me pasa que las novelas me tienen que tocar el cuerpo”, dispara Alluz y es pretexto para comenzar el diálogo. “Al primer libro lo escribí contando lo que viví. En esa historia hay una dicotomía porque los árabes, al menos los que conocí, no eran tan machistas como las mujeres, que ya estaban preparadas para ser madres y aceptar lo que el varón dispone en cuanto a ser padres. La historia es ficticia y tiene algunos personajes que existieron”.

–          ¿Cómo surgió el tema del libro?

Yo trabajaba en una escuela bilingüe. En una fecha se celebraba el día de los italianos y caracterizaron a un niño de primer grado, para el personaje de un inmigrante. Habían hecho un barco gigante para el desembarco, y me causaba mucha impresión ese chiquito que al bajar con una semejante valija de cartón gigante miraba y miraba a la distancia. Esa mirada me remontó a pensar que así habrá sido mi abuelo que se largó a la nada en las bodegas de un barco, creyendo que haría una fortuna para volver.

–          Retrata un poco a tu abuelo y los devenires de los inmigrantes sirio-libaneses…

Sí, a mi abuelo no lo conocí. Cuentan que fue un viejo gruñón, medio mal llevado. Llegó sin nada, y se tomó en Buenos Aires el tren del Ferrocarril Mitre hasta Tacañitas, en Santiago del Estero. El tuvo una capacidad de construir un imperio: carnicería, verdulería, un negocio de ramos generales. Incluso, por las noches, cuando cerraban el boliche éste se convertía en una cantina donde jugaban a las cartas y, muchas veces, terminaban en trifulcas. Después se trasladó a Santiago y mandó a casi todos sus hijos a estudiar. Pero tiene una nostalgia eterna por su campo, sentía en su desarraigo el paraíso perdido.

A partir de esta historia quería mostrar también lo de las tías solteronas. Ellas se trasladan a Santiago cuando tenían cuarenta años, pero a esa edad sentían que ser soltera era tener el destino marcado. Legaron un negocio con el que se quedaron y criaron a sus sobrinos. Las tres tenían cabello cortito, excepto una que se lo cortó a los setenta años, quizá como último acto de rebeldía. Los hombres eran bastantes malcriados por esas mujeres que los tenían en una condición de niño eterno.

Marcela Alluz comenzó a escribir desde cuando era niña. “Fui y sigo siendo muy lectora. Ando con los libros en el auto, la cartera. Cuando leo una historia me pasa que hasta que no la termino, no la puedo dejar. No sé si la contracara de leer es escribir, pero me encanta hacerlo. Escribía diarios, cuentos. No había una carrera para escribir ni tampoco un estímulo de mi familia. En Santiago vivíamos en la calle Viamonte, y recuerdo que a mi hermana le encantaba hacer actividades, mientras que a mí me gustaba estar tirada leyendo un libro. Mi mamá se empecinaba en que anduviera en bici. ¡Me costó dos años aprender! Pero ella se sentaba en la puerta, por las tardes, para asegurarse de que iba a andar en la bicicleta”.

 

El río y su devenir

En “El dueño del río”, su segunda novela, Alluz retrata la historia de Ana, una mujer que se desencuentra consigo misma, toca los límites y vive los excesos, decide dar a su hija recién nacida y vive y asume en carne propia el desamor hacia ella. Le habla con sinceridad brutal. Asume, sin proponérselo, un destino que le es adverso con la rebeldía de su nieto del que irónicamente se tiene que hacer cargo.“La  puta vida. Ésa que nos niega tres veces antes de venir a llorar y a pedirnos perdón. La puta vida que nos descose a golpes y nos arranca el corazón y nos vacía los brazos. Ésa, tan perdida, tan coimera, tan ladina, que cuando una está a punto de sumergirse en el río y dejar que la deriva nos lleve, nos desflora la risa con un empujón inesperado y nos lleva de nuevo, atolondrados de dicha a la cresta de la ola”, escribe en el texto Alluz.

–          En  “El dueño del Río” existe una trama de relaciones complejas de personajes femeninos turbulentos …

Eso quisiera cambiar pero no me sale. Yo escribo las novelas sin pensar antes la historia. Me seducía mucho contar la vida de una mujer grande, que no haya perdido el deseo, porque conozco mujeres de ochenta años que permanecen con el deseo intacto de gozar, de hacer el amor, comer y que, más allá de que sean vulneradas, lo pueden sostener. Allí estaba Ana que se desprende de la vida, engorda, se encierra en su casa de campo,  pero hay algo vivo en ello. Quería además contar esto que no tenía que quedarse con un solo amor y también que una mujer puede no amar a un hijo y admitirlo. Ella eligió, peleó con ella misma y supo ser fiel. Le dice a su hija que no la quiere, se expone a la mirada del otro y además tiene una hermana muy atractiva y linda. Después llegará Damián, el adolescente, nieto suyo. En este caso, se puede ver cómo cuando la presencia de la madre sale del medio favorece a ese adolescente rebelde.

–          ¿Empleás aspectos de tu profesión como psicopedagoga para la escritura?

Sí, la psicopedagogía que hago está orientada a la parte clínica y el psicoanálisis. Para mí, el lenguaje, la forma de contar, decir, habla de muchas cosas que uno no las sabe expresar y es una manera de sacar afuera y trabajar con el inconsciente; estar atenta a lo que se dice o no, o se  dice de otra manera, siempre sale en la escritura.

 

Tinta fresca

Marcela Alluz terminó hace unos días su última novela “La Otra de mí”. Allí cuenta la historia de una madre que está loca y cómo incide en sus hijos. Dice Alluz, en un fragmento, de su novela:

“Después.
Después ya no pudo volver de ahí. Porque la locura, a pesar de tener una puerta vaivén no tiene camino de regreso.
Ella se paraba en el marco y nos miraba. A veces sabía quiénes éramos. A veces no.
Compraba cientos de globos con helio y los dejaba volar hasta que se estrellaban en el cielo raso manchado de agua. Veinte globos, cincuenta, cien. Pegados al techo altísmo del living helado de aquella casa y ella aporreando un piano enardecido mientras nosotros bailábamos mojados de demencia y orfandad.
Los pies congelados, las manos sucias, la cabeza echada hacia atrás, la mirada en esos globos de colores. Volando nosotros también. Con helio en la sangre, con desamparo, con amor de locura estrechándonos en ese abrazo de música y ausencia que nos circunda eternamente”.

 

–          La mirada sobre  lo femenino atraviesa tus textos que relatan historias de familias complejas…

Siempre quiero dejar el tema de la familia, pero estoy embretada porque me salen madres. La que cuenta es Elena, la hija del medio de una madre loca de amor… pero loca; hermana de dos niños que vivían en una casa grande, desvencijada, donde se los consideraba los hijos de la loca del barrio, incluso temida y que abandonaba por puro descuido a sus hijos. Pero Elena no la veía así. Hay toda una historia donde ellos habían sido apropiados por ella y su marido; pero no por adopción, si no por un accidente en la ruta, donde quedan esos niños y se los apropian. Elena vive sumida en altibajos emocionales enormes, de depresiones a euforias, y ella se enamora, casa, se encuentra con otro hombre con el cual se prende y no sabe bien porqué. La novela toma un fragmento de la vida de ella y la cuenta. No es una historia redonda, sino más bien dura.

–          Vos compartiste fragmentos de la novela en el Facebook a medida que la fuiste escribiendo. ¿Qué te genera esto?

A mí me pasa que hay veces que yo sé qué fragmento de la novela va a gustar. A veces, lo escribí primero en el Facebook y después en la novela. Creo que es una forma de narcisismo mostrar y ver en el otro, sin embargo, los comentarios nunca me motivaron a sacar o poner fragmentos. Me gusta ver los comentarios, a veces observo cómo se cree que el imaginario está hablando de mí y estoy hablando de cualquier cosa. Entonces siento que es un juego que me estimula a escribir

 

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