Beatriz Cristina Molinari es periodista crítica de espectáculos de La Voz del Interior y delegada del Cispren. Su obra «Logotomía» fue la ganadora del sexto concurso de expresión escrita de l@s trabajador@s “Sin Presiones”, organizado por el Instituto de Salud Laboral y Medio Ambiente (ISLyMA), la Secretaría de Cultura del Cispren y la Secretaría de Salud Laboral de CTA Capital Federal.

Beatriz Molinari recibiendo el premio de parte del jurado.

Beatriz Cristina Molinari recibiendo el primer premio del concurso «Sin Presiones».

Compartimos LOGOTOMÍA (*).

  Me paro frente al asador y empiezo a sacar una a una las plantas. Como se usa poco, Ester acomoda las macetas como si fueran pichones debajo del techito. Pongo el carbón y mucho diario. Hace falta paciencia para prender el fuego. Voy echando el combustible de a gotas, sin apuro. Se asoma uno de los chicos por la ventana del dormitorio y sin decir nada vuelve a sus cosas.

  Cuando fuimos con Ester al velorio de Gómez, escuché los comentarios: “mirala a la humienta”, “miralo con esa pilcha”. “Yo no tengo la culpa de que hayan quedado del otro lado del canal, comiendo tierra”, fue lo primero que pensé.

  La campera es abrigada, de tela resistente. No será a medida pero cuando me la pongo parezco mejor vestido. En el velorio de Gómez me ocupé de contar, entre trago y trago, que la Empresa es buena, que también me dieron la remera y los pantalones haciendo juego.

  Gómez. Tan quieto. Me acuerdo del día que lo echaron como un perro. Lo miré y envejecí varios años en la caminata hasta el portón. Salió derechito, sin nada. Me palmeó la cara con cariño. No entendí. Hasta la otra noche, en su velorio. Gómez zafó bien después de la palmada en el portón. Un tipo que leía, que conocía las leyes. Se reía del cabrón del encargado porque confundía los verbos. Si no fuera por Gómez, yo ni me daba cuenta.

El humo se hace más negro. Alimento el fuego y me pongo a silbar. Se asoma mi otro chico y avisa que se va a jugar al fútbol. Me sorprende el olor del humo espeso. Van a tirar la bronca los vecinos. Por una vez… Yo soy un tipo tranquilo, trabajador, hago lo que me dicen, aguanto. Por un poco de humo…

  La nena me mira desde la puerta de la cocina. De golpe me pasa lo mismo que cuando Gómez me dio la palmada. Se acerca y levanta la ropa de la soga para que no se ensucie. Su sombra en la pared cruza el humo y canta conmigo la canción que se me pegó de no sé dónde.

  Agrego un chorrito de combustible y me siento más liviano, como cuando me quisieron cambiar el franco y dije que no podía. Ni yo sé cómo me animé. En el velorio me acordé de eso. Si hubiera estado Gómez ese día, me hubiera sonreído.

  Una semana después se accidentó Miguel. Se abrió la pierna con una puerta y el encargado le gritó enfurecido: “¡Qué estabas haciendo, boludo!”

  ¿Cuánto pasó desde eso hasta lo del Marcelito? Era buen chico. Nunca supe de qué lo acusaron. Se fue a matar a la casa de la abuela. Pobre vieja. Qué iban a ser las drogas las culpables, si Marcelito no tomaba alcohol. Ni fumaba. Por eso me dan miedo los más jóvenes. No son de aguantar como uno. El Brian se dio un palo con la moto y quedó rengo. “Acá va a llegar el día en que no van a poder con la angustia”, sabía decir Gómez.

  Las cenizas se vuelven gruesas, pesadas. El olor me hace llorar: ácido, como acetona. Me alejo un poco. Me acuerdo del humo de las manifestaciones frente al portón de la empresa. Hacía mucho que no veía a Gómez. Grita, me llama, me doy vuelta y me sonríe con la bandera en la mano. Me dio envidia, rabia. Me metí al baño, rojo de vergüenza. Me mojé la cara y chorreé la remera. No sé por qué tuve miedo de desteñir el logo. Ideas mías.

  “¿Pasa algo?”, grita el vecino del lado. “No, no”, le contesto rápido con una voz que no reconozco.

  Los pantalones y la remera ardieron a fuego constante. La campera me dio mucho más trabajo. Las llamas chillan cuando agrego combustible, crecen y se pegan a la pared del asador. ¿Quién la habrá cosido? Arden los puños y el cuello. No me di cuenta de sacarle el cierre. No importa, que quede chamuscado e inútil. Arden los bordes del logo. Lo blanco se vuelve negro. ¿Cuánto tardaron en coserlo? ¿Fueron las manos de una chica o de una vieja, las que pusieron la campera en la pila? ¿Cuántas al día? ¿O fue de noche?

  Los vi bien, al encargado, frotándose las manos, y sus chupamedias, llevándose la mercadería en la camioneta de la empresa. Me quedé con eso, sin poder contarlo. Vomité la cena. “Ustedes los de la noche son los más peligrosos, los más vagos y jodidos”, escucho que les dice a los changos que descansan un rato y se toman un mate.

  Siempre lo supe, pero me lo terminó de explicar Gómez, quieto en su cajón barato, en medio del ruido del velorio, porque fuimos tantos a saludarlo que no entrábamos en la pieza.

  Las últimas letras se resisten. Avivo el fuego. Ahora sí, arden. Pegan en el techo bajo, sueltas. Ya no dicen nada.

  Cuando se asoma Ester, bien peinada, de sábado, aunque no haya esperanza de salida, se tapa la nariz. “¿Qué hacés?”, me pregunta y se mete adentro. Ella nunca se queda a escuchar las respuestas. No abro la boca. Remuevo las cenizas blandas, papelitos negros que recojo con la pala y meto en una bolsa.

  Pienso en Gómez y sonrío por primera vez en mucho tiempo.

 

Mayo 2015

* «Excelente relato de las vivencias de un trabajador en una empresa que lo explota (pero le da “buena ropa” de trabajo), lo margina. Pone de manifiesto los vínculos laborales con sus compañeros, de qué manera van generándose lazos profundos no sólo de compañerismo sino, también, de transmisión de saberes en y del trabajo», fueron las frases esbozadas desde el jurado para destacar el relato de Molinari. El tribunal evaluador estuvo integrado por Stella Moreno en representación de la Secretaría de Salud Laboral de CTA Capital Federal, María Dolores Bertarelli del ISLyMA CTA y la Dra. Ximena Cabral Secretaria de Cultura del CiSPren.

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