Como todos las semanas del verano compartimos cuentos de autoras latinoamericanas. Esta vez, la elección la hizo Gabriela Bayarri (*) quien seleccionó “Viendo llover en Macondo” , un cuento de la autora portorriqueña Mayra Santos Febres.

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Mayra Santos Febres nació en Puerto Rico. Poeta,  ensayista y narradora. Desde 1984 comienza a publicar  sus poemas en revistas y periódicos tales como Casa de  las Américas ( Cuba), Página 12 (Argentina), Revue  Noir (Francia) y Latin American Revue of Arts and  Literature (New York). En el 1991, aparecen sus dos  poemarios: Anamú y manigua  y El orden escapado; y  en  el 2000 se publica Tercer Mundo (poemas).  Como  cuentista ganó el Premio Letras de Oro (USA, 1994) por  su colección de cuentos “Pez de vidrio”, y el Premio  Juan Rulfo de cuentos (Paris, 1996) por su “Oso  Blanco”. En el 2000, publica su primera novela “Sirena Selena vestida de pena” que cuenta con traducciones al inglés, italiano, francés. En el 2002, saca su segunda novela “Cualquier miércoles soy tuya” y en el 2005 el libro de ensayos “Sobre piel y papel” y su poemario “Boat People”. En el 2006,  edita su novela Nuestra Señora de la Noche. En el 2009 publicaFe en disfraz, y gana la Beca Jonh S. Simmos Guggenheim. Ha sido profesora visitante en Harvard. Actualmente es catedrática y dirige el taller de narrativa de la Universidad de Puerto Rico.

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La mujer marcó la página y cerró el libro. Atrás quedaba la vaca enterrada en la lluvia y los indios apilando muebles para que la inundación no lo dañara todo. Pero las gemelas ciegas se le quedaron instaladas en la cabeza. Allí estaban las dos escuchando la lluvia y esperando. Si escampaba, podrían volver a cantar.

“Dos gemelas ciegas esperando a que cese la lluvia” se dijo la mujer . Estaba sola en la casa, pero de repente se sintió acompañada. Le pasaba desde chica; otra exactamente igual a ella, en una casa paralela, la acompañaba. “Dos gemelas ciegas” repitió, esta vez en voz alta.

La mujer caminó al cuarto de baño. Se miró al espejo y se dijo “ahí está mi hermana”. Pero no eran ciegas. Las dos podían reconocerse, saberse dobles porque comprobaban con la vista la igualdad de facciones. Sus dos bocas ligeramente hinchadas en el labio inferior. La tez color caramelo, pelos ensortijados, frentes amplias, cuatro ojos negros, como de almendra fugitiva. Ahí estaban las dos gemelas, sonriéndose en la broma de duplicarse una frente a la otra. Jugando como hacían desde chicas en la casa solitaria. Siempre se presintió doble, pero se veía singular. ¿Y si fuera ciega? Dicen que los gemelos son un cigoto dividido, es decir, una sola persona que por accidente sale en dos. Y dicen que los ciegos son sabios porque no se engañan con la luz chocando contra el límite accidental de las cosas.

La mujer se imagina a ella misma y a su gemela ciegas y muy niñas, ambas envueltas en el manto cálido de una tiniebla inacabable. Se imagina tocando las cosas para saber donde empiezan. Se imagina tropezando con una mano ajena, pero idéntica, cinco dedos, igual tamaño. La sabe ajena porque lo que aquella antena siente ella no lo puede registrar en la espesura eléctrica de su cuerpo. Pero “ajena” le resulta palabra defectuosa. Porque ella sabría presentir lo que la otra mano siente. Sabría a dónde se mueve, qué quiere tocar, cómo descubre la suavidad en la pelambre de un gato, por ejemplo y por ejemplo, cómo se es- conde entre los plieges de la sábana para tocar otras pelambres igual de fieras, igual de dobles y runruneantes. Lo presiente a tal grado que ella misma baja su mano ajena para acompañarla en la sensación y esa sensación es más que compartida, es idéntica, potenciada en dos cuerpos que reclama un mismo cigoto.

Y saber los ecos. La gemela sospecha a la otra dando un paso, allá, envuelta en su tiniebla. Lo sospecha y antes de pensarlo, ella también camina, a tientas, hasta donde la voz del padre las llama a ambas:

-Niñas, vengan a cantar.

Las dos abren la boca, sincronizadas. De sus gargantas sale una misma vibración. El padre se sorprende. Como las ve, hasta se aterroriza de saberlas tan perfectas en su doble existencia. Pero ellas están libres, son ciegas. Jamás se enterarán de la monstruosidad de su sincronía. Una levanta una ceja y la otra la levanta. Una siente una presión sobre los músculos del pecho y la otra estira el esternón. Una alcanza un timbre de coro celestial y la otra, puro instinto, la persigue con una sotovocce de susurro, idénticas e iguales sus tonadas, idénticas y múltiples los coros del Salve que el padre les enseña ensimismado y sin saber si aquellas gemelas son dos ángeles o dos inocentes y pequeñísimos demonios de la duplicidad.

Cuatro son los ojos enceguecidos por nubes azulinas. Dos son las cabezas que giran tras las gotas del aguacero. A distancia un múcaro ulula. Dos son los  cuellos que giran en dirección al ulular. El padre las mira y piensa: – Esto se tiene que acabar. Algún día una, la que se llama Irene, por ejemplo se tiene que ca-sar. Algún hombre habrá que caiga enceguecido por el portento de su canto. Y entonces, la que se llama Irene, por ejemplo se irá detrás del hombre para con-vertirse en una sola mujer. El par quedará separado en dos personas completas. Se acabará la monstruosidad. El padre piensa eso. Y piensa en el Ave María que cantará la que se llama Idalia al sentir a su hermana partir.

Pero en la casa solitaria la mujer piensa que ellas dos tienen un mismo nombre. Habitan en un solo cuerpo, pero son dos. Una es ella, la que tiene ojos de almendra fugitiva, la que conoce donde empiezan las mesas, los espejos y la lluvia. La otra es libre y posee la sabiduría de los ciegos. Sabe que los cuerpos no tienen límites. El padre no la asusta con sus miedos. La mujer cierra los ojos. Quiere encontrarse con la otra, presentirla. Es más, en esos mismos instantes siente que Irene abre la puerta, sube las escaleras de la casa solitaria. Se acerca tanteando por el pasillo. Abre su garganta portentosa. Un hermoso gorgeo sale de su pecho, gorgojeo y ulular de múcaro en la lluvia, cantata de Bach que le enseñó su padre, pero que ella marca tan sólo con la voz, sin musitar mesa o espejo o vade retro, todo un sonido continuo, una vibración completa, indivisible. Esa hermosa canción alarga un cuerda vocal hasta apretar el aire que se cuela en una garganta. La canción es un timbre portentoso que romperá cristales y liberará a la gemela que es ella y la otra y su doble repetido pero ciego, más doble aún porque en la oscuridad las cosas no tienen un nombre ni un límite seguro. La mujer sabe que esta es la canción de su gemela, que el mundo entero la oirá.

Ha parado de llover.

(*) Gabriela Bayarri es poeta y técnica en Comunicación Social. Corresponsal en Traslasierra de la revista Palabras de Poeta. Trabaja en la Biblioteca Caranday de CEMDO  de Villa Dolores, en donde realiza tareas de gestión cultural y bibliotecología.

Producción: Myriam Mohaded para el Centro de Documentación “Juan C. Garat”

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