Graciela Pedraza, periodista y escritora, en el libro Mujeres Bravas. Al frente de movimientos sociales, recogió los testimonios de diversas mujeres de nuestro país que libran fuertes luchas contra el desconocimiento y las injusticias, desde lo colectivo y solidario. La presentación es este jueves 8 a las 19 en el Colegio de Escribanos. Ob. Trejo 104.

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                 Por Silvana Zanelli

El propósito de este libro fue entrar en la vida de mujeres que en vez de refugiarse en los roles clásicos, decidieron cantar a voz en cuello. Las seleccioné en base a sus trayectorias dentro de movimientos u organizaciones sociales, por investigación propia y también gracias a datos aportados por referentes de ese campo. Más que historias de vida, son historias de lucha. De una lucha que comienza silenciosa, motivada por un drama personal o un proceso que en realidad es colectivo, y por ser tal se enlaza con otras luchas en el mismo sentido”, dice Graciela Pedraza, al tiempo que agrega una frase del sociólogo francés Pierre Bourdieu: “Intentar comprender una vida como una serie única y suficiente en sí misma de acontecimientos sucesivos (…), es por lo menos tan absurdo como intentar explicar un trayecto en el subte sin tomar en cuenta la estructura de la red, es decir, la matriz de las relaciones objetivas entre las diferentes estaciones”, escribe Pierre Bourdieu.

De manera que estas mujeres entrevistadas entre el 2012 y el 2015, han bordado su historia no desde lo individual, sino junto a otras. Y otros. Han librado enormes, mayúsculas batallas contra todo tipo de poder, político, económico, comunicacional… por eso no es casual que los medios masivos las ignoren, y si bien cada una de ellas sostiene incuestionable y clara presencia en sus organizaciones, en sus comunidades y territorios, para el resto de la sociedad son invisibles, porque visibilizarlas sería visibilizar también el propósito de sus luchas, todo el contexto.

 

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Fragmento de entrevista a María Guadalupe Tolaba, dirigente de Red Puna, Jujuy

 

“Esa zona se llama Puna sur y es muy fría, muy extrema la temperatura porque está a 3.500 metros de altura, similar a Abra Pampa y La Quiaca.

(…) Y es que andamos al ritmo del pastaje de los animales porque a veces es lejos el agua. Por ejemplo, en verano estamos más en un lugar donde hay mucha ciénaga y agua, y ahí tenemos como la casa. Después hay varios puestitos, casitas provisorias, porque en abril ya nos cambiamos a uno y estamos hasta julio. Agosto y septiembre ya te vas a otro, siguiendo a los animales porque se acaba el pasto y buscás otro lugar, y en esos puestos no siempre está cerca el agua. Nosotros caminamos muchísimo porque tenemos varios kilómetros entre puesto y puesto, unas cinco horas caminando entre cada lugar.

En invierno estás más dentro de los cerros, porque es mucho viento, muy helado, no priorizás los lugares con agua porque son más fríos, pero entonces estás más lejos del agua y tenés que llevarla. Antes se llevaba en burro, cargabas los bidones en el burro, ibas así, y tenías que cuidar el agua, porque la traíamos cada dos o tres días.

Nosotros éramos once hermanos (…). La casa era de adobe. Mi tía le dejó la casita a mi mamá, pero era chiquita. Tan chiquita que era como esos dos roperos, y angosta. Después tenía la cocinita y el corral al lado. ¿Cómo hacíamos?, bueno, mirá, nunca estuvimos todos juntos, porque mis hermanas se vinieron a la escuela en Tumbaya. Si no era ahí, mi mamá tenía que mandarlos a la escuela del Moreno, como a 16 kilómetros, donde quedaban internados. Y dicen que en esos tiempos las escuelas no tenían tanto para la comida, y los chicos pasaban mucha hambre. Mi mamá tenía una comadre que vivía en Tumbaya y esa casa fue como la prolongación de la mía, porque a la edad de la escuela todos fuimos ahí, de primer grado hasta sexto. Me acuerdo que en un momento éramos todos ahí, casi, con mi madrina. Y con ella y su hijo éramos como once o doce. Mi mamá venía una vez al mes y nos traía carne, tortillas. A nuestra casa recién íbamos a fin de diciembre y volvíamos a Tumbaya a fin de febrero. Y todo el año en la casa de mi madrina”.

 

 

Carina Díaz Moreno. Asamblea Ciudadana – Famatina. La Rioja

 

Sí, es cierto, lavan los platos y también la ropa. Trabajan dentro y fuera de la casa. Se diría que son mujeres como tantas, si no fuera por la extraordinaria fuerza con que luchan para proteger al Famatina, madre del agua y la vida. ¿Protegerlo de qué?, pues de la voracidad con que avanzan las multinacionales al amparo del poder político, empresas ansiosas de  hurgar en las entrañas del cerro que guarda, según algunos cálculos, una cantidad de oro equivalente a 25.000 millones de dólares. Claro que para extirpar el tesoro, hay que volar el Famatina, contaminar la naciente del río Amarillo y dejar sin agua a pueblos y tierras de los alrededores.

Carina Díaz Moreno dice que en su familia nunca hubo protestones. “Ni mis abuelos, ni mis viejos… nunca nadie en ningún movimiento social ni político. Mi generación, que ahora anda por los treinta y pico, nació con los miedos de nuestros padres: no te metas, no hables, tené cuidado. Porque aún después de la dictadura el tema era muy cerrado. Mi madre, docente jubilada, siempre fue muy laburante, y mi padre es agricultor nogalero, pero de una finca muy pequeña, no más de tres hectáreas. Y yo jamás había tomado parte de ninguna lucha social ni gremial, ni política”.

Tampoco dimensionamos el poder del gobierno, de las multinacionales, el gran monstruo. Nosotros hemos picado y picado como hormiguitas para empezar a derribar a estas mafias. Pero Beder Herrera seguirá con su capricho de meternos la minería hasta que haya un muerto en el medio. Y siempre los muertos terminamos siendo los pobladores, los que defendemos esto.

”… nosotros habíamos ido casa por casa contando lo que pasaba.  Dedicamos mucho, mucho tiempo a explicar a los vecinos. Con decirte que en esa época yo estaba de novia, y la lucha también se lo llevó, así te digo. Volviendo al tema, se armó la reunión. Una maestra de Belén, en Catamarca, nos había prestado el documental Asecho a la ilusión (4), que es tremendo, sobre Bajo la Alumbrera. Los funcionarios vinieron y como hacen siempre, se plantaron en los primeros asientos, y ahí nomás les hicimos comer la película. ¡Pero también nuestra gente se desayunaba con el tema de la minería a cielo abierto!

Después los tipos nos dijeron que querían hablar con los cabecillas, ‘pero acá no hay cabecillas, acá somos todos ciudadanos y tenemos el mismo derecho tanto uno como otro a preguntar’, les dijimos. Les hacíamos preguntas y respondían con evasivas o tratando de sobrarnos, y la gente que quería saltarles al cogote. Un chico de acá, Daniel Herrera, les ofrece un vaso de agua, ‘sírvanse, tomen, esto es para ustedes’. Uno de ellos agarró el vaso y ahí nomás Daniel le dice: ‘Mire que es agua de la Mejicana, todavía llena de ácido por la minería anterior. Es el agua que tomamos en Famatina. ¿Se imaginan lo que va a pasar con la minería a cielo abierto, si pasaron más de cien años y no remediaron el pasivo ambiental que dejó la explotación del  socavón?’. Y se armó. Tuvieron que llamar a la policía para salir.

De ahí en más se empezó a rebelar el pueblo, de a poco, ¿no?, de a poco. Eso fue en el 2006. Hemos hecho todo tipo de actividades buscando generar conciencia, pidiendo a nuestros alumnos trabajos de investigación sobre el tema, más allá de que sus papás estén a favor o en contra, les decíamos, traigan material, lo debatamos, hagamos una mesa redonda y lo discutamos”.
¿Qué cambió en Carina a lo largo de estos años de lucha? “Todo”, dice. ¿Y qué es todo? “Antes yo era una persona que no estaba comprometida con nadie ni nada. Iba a trabajar, a estudiar y volvía a mi casa. No sabía  manejarme frente a grupos grandes, ni hablar en público, salvo frente a mis alumnos. Era más bien cerrada, sin mucho contacto con la gente del pueblo. Yo tenía un proyecto de vida antes de la asamblea: casarme,
tener hijos, hacer mi casa… pero los hombres te ven con esta impronta de
salir a poner el cuerpo, de luchar, y empiezan a tener temor.

Dice Carina que el día más feliz de su vida fue cuando Beder Herrera, siendo vicegobernador,  hizo promulgar las leyes prohibiendo la minería a cielo abierto. Y  dice también que el día más triste fue cuando el mismo Beder Herrera derogó esas mismas leyes.

 

(1) Lixiviación: En la ciencia geológica es el proceso de lavado de un estrato de terreno o capa geológica por el agua, o por placas ácidas encontradas en las sales, capaces de disolver casi cualquier material sólido.

 

¿Quién es Graciela Pedraza?

Periodista, autora y editora cordobesa. Ex redactora y crítica del diario La Voz del Interior, fue también secretaria de redacción de la revista Aquí Vivimos, y es colaboradora habitual de distintos medios gráficos, radiales y televisivos. Fundó con Yaraví Durán la editorial Garabato, para promover la literatura infantil y en ese rubro ha trabajado con Editorial Comunicarte. Es coautora con Aracely Maldonado de «El asilo. Memorias de la vida cotidiana del Hospital Vidal Abal»,  y de «No me olvides (historias de vidas inmigrantes)», aunque también ha escrito para niños («El otro lado del mundo»). A lo largo de su dilatada carrera ha recibido varias distinciones por sus cuentos y relatos.