La 11º edición del concurso “Sin Presiones. Historias del mundo laboral“, bajo el lema “El trabajo en tiempos de pandemia  organizado por el Instituto de Salud Laboral y Medio Ambiente de Córdoba(CTA-A) dio a conocer los premios ganadores de la presente edición. “Los esenciales”, de la psicóloga y trabajadora de la salud “Maria Cristina Beovide, obtuvo el primer premio.

*Por Redacción

El jurado del concurso estuvo integrado por Víctor de Gennaro (Presidente de UP, ex diputado nacional y vicepresidente actual de la Comisión  Provincial de la Memoria de la provincia de Bs. As.), Myriam Mohaded  (Coordinadora Centro de Documentación- Cispren. Periodista y docente de la FCC) y Mariano Pezzi ( Lic. en Psicología. Delegado de ATE e integrante de la Comisión Directiva de Islyma).

Los resultados de esta undécima edición  son:

Primer premio: “Los esenciales”. Autora: María Cristina Beovide ( psicóloga. Hospital Público “Centro de Salud Mental”)

Segundo premio: “La telaraña del teletrabajo”. Autor: Ernesto Marrero. (empleado bancario)

Tercer premio: Lo que se sabe y lo que olvida”. Autora: María Cecilia Ibarra. (Enfermera Hospital Rawson. Córdoba)

 

Menciones especiales

- “Planta Permanente”. Autor: Julia Quiroga. (Empleada estatal de la subsecretaría de Trabajo de la pcia. de San Juan)

- “Gritos de lucha. Mi barrio, mi lugar en el mundo”. Autoras: Silvia Marcela Cruz  y Nora Rosa Acuña(Trabajadoras independientes en su casa) 

- “La justicia como servicio esencial”. Autora: Romina Mc Namara. ( Trabajadora Poder Judicial. Río Gallegos. Santa Cruz)

- “El autito rojo“. Autora: Aurelio Ginette Agüero ( Sala Psiquiatría del Hospital de Niños Córdoba)

- “De castigos encubiertos y aislamientos por pandemia” . Autora: Fenixia. (Se reserva derecho a la identidad)

Compartimos el texto del primer premio y, durante este mes, se publicarán los demás trabajos seleccionados. 

guayasamin

Título: “Los esenciales” de María Cristina Beovide

 I

 _Tengo miedo, ma.

            Alcira, con un gesto oscuro, como  tormenta amortiguada por  la dudosa ilusión de que algo va a cambiar, insistió.

_Ma, te estoy hablando.

            La mujer, que ya había perdido hijos y un nieto entre balas y drogas, y una hija en un aborto, levantó la vista sin desistir del control del agua para el mate.

_¿Y qué querés? ¿Dejar de trabajar?

            Alzó las cejas mientras giraba el rostro hacia la hija. Su piel engrosada y seca se tensó en el costado del cuello. Por un instante quedó inmóvil. Luego llevó la cabeza lentamente de arriba abajo y de abajo arriba varias veces. Desestimando o tal vez admitiendo, harta de tanta penuria.

            Alcira se quedó en silencio.

_ ¿Querés eso vos?

             Con los labios apretados después de la pregunta, apagó la hornalla del anafe y  se fue perdiendo por el espacio de luz entre los dos paños de la cortina verde  con motivos de frutas. Muchas veces se iba así, mate en mano, vaya a saberse adónde, bien lejos.

            “Poco amigable la vieja, como siempre” pensó la muchacha. Pero sabía que su opinión era razonable, que no podía dejar el trabajo en la empresa. Su hermana Luisa y la madre estaban empleadas  en casas de familia y, a pesar de la obligatoriedad, los patrones no pagaban o lo hacían a las cansadas. El menor de los hijos andaba por los  nueve años y los otros dos que trabajaban en  la construcción  ya habían caído en el parate del COVID.

            Recordó una conversación con su madre al principio de la  cuarentena y después de un día de agobio por las urgencias cotidianas.

_Nunca pediste estar en blanco vos, ma… 

_ Ya ni me digas, que me sacaban la asignación aunque vos digas que no.

_ Eso te dijeron los patrones y creíste más en ellos… Ahora te tendrían que pagar aunque no fueras…

_ ¿Vos crees?

            Una mueca burlona de la madre dio fin al diálogo.

            Marta estaba segura  que nada  cambiaría una realidad tan adversa. Una antigua saga de exclusiones. Siempre en tránsito  buscando mejoras. Alguna vez Marta creyó en milagros. Ahora no. No espera nada ni del Estado ni de los punteros ni de los patrones.

            Alcira  hace ya dos años que trabaja en una empresa tercerizada en un hospital público. Recuerda bien su insistencia y las frecuentes discusiones con la madre acerca de por qué no pedía guantes para la limpieza de la mugre del inodoro o por qué lavaba a mano  los pañuelos de tela que el patrón insistía en usar  para sonarse los mocos. Pero ahora también le pasaba algo parecido a ella. Temía quejarse con sus empleadores por la falta de insumos de protección durante la pandemia.  Diana, su compañera de turno, estaba internada aún febril y con baja saturación. Y Miguel había muerto en terapia intensiva, solo, terriblemente solo. “Maldito coronavirus”.

_La mujer de Miguel no pudo  decirle la verdad a las hijas… Ma, ¿me escuchás? Les dijo que  él se  fue de viaje lejos, por trabajo, para traer la plata.

            Sin responder, la madre se sentó y puso el termo sobre la mesa. Lentamente preparó el mate.

 _ Tomá…¿ Y vos decime, ¿qué le dijiste al  patrón?

_ Está muy dulce, ma… Y, le dije que el virus nos andaba enfermando, que por eso usted viene poco le dije, usted sabe. Y que había que rotar y que no tenemos protección de guantes ni cofias, nada casi.

            Luisa entró a la cocina y la conversación se cortó. Alcira no quería consejos de su hermana. Sabía que ella no acordaba con ninguna desobediencia. Sumisa de siempre, cualquier condición la ponía al borde del llanto y terminaba pidiendo perdón. No podía exigir una escoba  más liviana, o no lavar tanta ropa a mano, o que usen  pañuelos descartables. Era la empleada perfecta para llevar de vacaciones y que se ocupara todo el tiempo de los niños. Siempre disponible para hacerse imprescindible y que no la echen. “Por eso mi mamá la adora” aseguraba Alcira. “A mí me da vergüenza la Luisa”.

_ Luisita ¿vas a Don José que no tenemos galletitas para el Sebas?

_ Sí, madre. Voy.

            Marta miró a Alcira, con la fatiga de pensar en una nueva adversidad, un inminente despido.

_ ¿Y?¿Vos le dijiste que él iba poco? Él es tu patrón.

_Sí, eso le dije, ma, que él da las órdenes y ni aparece ¿y qué pasa? porque si me muero ya ni mi plata va a estar aquí.

            Alcira temía el contagio y también la pérdida del empleo. Todos se   rociaban con  alcohol de arriba abajo a cada rato, pero con tanto movimiento de pacientes, debían limpiar los pisos del ingreso a la Guardia sin pausa y con unos “trapos inmundos”, como repetía con indignación la muchacha. Luego, con las manos o con los guantes que se abrían sin más al rato de calzarlos, los escurrían.

            Desde mucho antes de la pandemia padecían la escasez o ausencia de insumos de protección y de productos de limpieza  pero ahora estaba la amenaza del virus. Y nada había cambiado. Seguían con una pequeña sala de descanso y ahí mismo se cambiaban la ropa, sin distancia, tanto los que tenían contactos con pacientes infectados como los que trabajaban en otros sectores.

            Unos días atrás, después de la muerte de una enfermera, se juntaron para gritar en los pasillos  sobre la necesidad de  ropa de protección, de protocolos de cuidado y rotación de personal. Pero el miedo a perder el trabajo aplacó el impulso. En el grupo de compañeros de Alcira amenazaron con no renovar los contratos, y la precariedad de la relación de trabajo quedó bien visible.

_ No quiero estar  siempre  con ese peligro, ma, esa máscara que dicen que es la barata, que ni sirve.… Y no es la que usan los de Salud. Le dije a Lemos que con camisolines que nos dieron las enfermeras nos hicimos botas y cofias…¡De locos es!

            Marta pensaba en la vida tan injusta. Pero  es peor, se decía a sí misma, lo que  siente esta hija, estar todo el tiempo triste por “esta mala vida”.

_ Vos siempre quejándote, hija. No está bueno. Agarrá lo que te dan que por lo menos te cuidás con eso.

            Es cierto, Alcira  no se resignaba. Antonio, el mayor de los hermanos, le repetía  “Sos un grano en el culo. Y  nos jodés a todos, hermana”.

            No contó a la madre la respuesta de Lemos. ”Qué complicada sos. Vos quedáte   donde estás y si te enfermás nos vamos a ocupar. Pero ahora te quedás ahí. Me servís ahí. Si no vas a seguir, avisáme.” Alcira quería putearlo pero se tragó el insulto y la rabia.

 II

            Salió del hospital a las ocho de la noche. Hacía frío. Se sentía agobiada. En dos de los barrios  cercanos de donde habitualmente provenían la mayor cantidad de consultas habían estallado los contagios. El gobierno decidió perimetrar unas cuadras con la idea de evitar nuevos  brotes. Internaban sólo a los denominados de riesgo, por edad o  por  enfermedades preexistentes.

            De pie, en la vereda, a un costado de la puerta de ingreso a la Guardia se sintió extraña, se tocó la frente y le pareció que estaba afiebrada. Decidió no  regresar por unas horas a su casa porque temía contagiar. Quería darse un tiempo para el diagnóstico.

            Por la tarde habían cortado algunos camisolines que cedieron las enfermeras del Servicio de Urgencias y los usaron para cubrir los zapatos. “Hacé un COVID”  era una broma habitual frente a la negligencia de los empleadores. La frase velaba el miedo y se traducía como irse al muere. O si no “rebuscátelas” para evitar ir al muere.

            Buscó en el andar del día en qué momento se podía haber producido el contagio.  Una paciente  desorientada por el aislamiento  se había metido en un baño en el que Alcira estaba limpiando. La mujer gritaba que no quería morirse y llamaba  a un familiar. Le rogaba que viniera a sacarla del hospital…O tal vez no fue ahí, pensó, sino al escurrir el trapo con el guante roto.

            Deambuló por los alrededores del hospital vaya a saberse  por cuánto tiempo. Finalmente su cuerpo se inquietó de tal forma que cayó en la vereda. Un agente de Seguridad del hospital la encontró durante la ronda.

_ Tapáte la boca, si no te dejo ahí nomás.

             Alcira  sacó de su bolsillo el barbijo que había usado en la tarde. Intentó decirle que era trabajadora del hospital. El guardia gritaba  que se tapara bien la boca, que el protector  estaba mal puesto…

             Y ya no recuerda más. Sólo una oscuridad densa plagada de pesadillas. Salta entre los cuerpos infectados temiendo que la metan  en una bolsa negra y que nadie pueda  despedirla. Alerta a los médicos y a las enfermeras que la Guardia está colapsada por los  enfermos que aún respiran. Le responden que no hay oxígeno.

            Y luego nada.

            Esa misma noche Alcira quedó internada  con indicación de aislamiento hasta determinar el diagnóstico. Manoteaba para que el virus no le traspasara la piel y  el monstruo insistía en meterse  en sus ojos. Decidieron hacer una consulta con Psiquiatría.

             Antonio fue al hospital y le dijo al médico tratante que  su hermana nunca había tenido una crisis así, que en las últimas semanas mostraba tal vez “excesiva” preocupación por  los contagios. No mencionó las quejas de Alcira acerca de la empresa.

            Algún compañero se animó a comentar en los pasillos, donde  en torno a lo de Alcira se habían ido agrupando, que desde que comenzó la pandemia  hubo muchos accidentes en las horas de trabajo y también  crisis nerviosas o momentos de depresión.

_ En las mujeres, sobre todo…Son más sensibleras ellas…_ agregó  otro con la intención de que no los consideraran promotores de reclamos laborales.

_ ¿Y ustedes, machirulos, no tienen miedo? _ gritó una de las trabajadoras.

            Un murmullo alertó de la presencia del Director, preocupado por la lucha diaria contra  el COVID y la probable llegada  de los medios. Lemos, muy cauteloso, le había informado acerca de la situación de Alcira. A la  empresa, le dijo,  no le sorprendió lo acontecido porque venía observando la conducta de la muchacha, que él estimaba como inadecuada y agraviante. Frente al grupo, que crecía de modo espontáneo en el pasillo, el  Director  propuso un compás de espera, dijo que todos estaban padeciendo este momento incierto y que les pedía que evitaran que el conflicto “pasara a mayores”.

            Al día siguiente de la internación se confirmó  que Alcira no tenía coronavirus y que iba a ser trasladada en una ambulancia a su domicilio.

            Esa misma tarde una médica joven corrió a los gritos por el pasillo  de la Guardia hacia la calle.

_ ¡No quiero morirme por favor no quiero no quiero !

            Se había enterado de la muerte de una compañera de estudios que trabajaba en otro hospital  y que estaba con COVID hacía diez días.

            Frente a la puerta de la Guardia se armó lo que las autoridades llamaron piquete. Médicos, enfermeros y empleados de mantenimiento y limpieza exigían  protección física frente al virus y  más adecuados protocolos de trabajo. Pero también  clamaban por la necesidad de un acompañamiento para la vida emocional  de los trabajadores. Gritaban: ¡Cuidar a los que cuidan carajo! ¡Cuidar a los que cuidan carajo!

            Más tarde presentaron un petitorio para que  se  autorizaran encuentros grupales durante la jornada de trabajo para conversar sobre lo que sentían, para testimoniar sobre los padecimientos, incluso para festejar los casos resueltos, para trasmitirse novedades acerca de la ardua lucha en los servicios de salud. 

            La empresa no quería perder el contrato, y la cabeza de Lemos podría haber sido el premio para que los trabajadores se aquietaran. Claro que  finalmente él era un empleado con camiseta prestada.

            Alcira estuvo dos o tres días internada en el Servicio de Psicopatología. Y la situación se visibilizó a tal punto que no pudieron despedirla.

            En el fragor de la pandemia no hay mucho tiempo para la alegría pero algo había cambiado para mejor.

                                ****

Devolución del jurado

El trabajo de “los esenciales”, postergados de otrora, pone en foco este relato contundente de la autora acerca de lo que implica su labor en tiempos de pandemia. Alcira trabaja en el servicio de limpieza de un hospital y nos muestra una de las caras más crueles de la pandemia: la desprotección y fragilidad de quienes están en la primera línea en torno al Covid.

La parálisis del miedo a contraer el virus  se acrecienta frente a la falta de insumos, lo difuso de algunos protocolos, el trabajo sin rotación, la posibilidad cierta de quedar desocupada y, como si esto fuera poco,  la soledad en el acompañamiento psico- emocional de quienes sostienen la primera línea frente al Covid- 19.

Alcira, en un contexto socio-familiar crítico ve tambalear su contrato ante la presión de un “jefe” que defiende una camiseta prestada. Ella denuncia cada una de estas situaciones que no sólo reflejan la propia sino también la de enfermeras/os, empleados de mantenimiento y médicos. Alcira, atrapada por el pánico, padece los síntomas del abandono de un sistema voraz. Ironía y desazón conviven en cada momento de los diálogos que se presentan. Aunque está acompañada por otres que rompen el silencio y  se suman al reclamo de sus derechos.  Y su caso se visibiliza. Esto trae algún manto de esperanza, para reafirmar que la salida es siempre colectiva.

-¡Cuidar a los que cuidan carajo!, dice en el texto su autora. Más que un llamado, una voz que se potenciay pide un poco de cordura y solidaridad no sólo a los responsables sino frente a una sociedad, muchas veces indolente.

 

Imagen: Osvaldo Guayasamín

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