Hace unos días sucedió en Londres un hecho de vandalismo en el cuál un grupo de activistas ambientales arrojó salsa de tomate a una pintura de Van Gogh. Compartimos testimonios brindados a Télam de referentes del arte argentinos sobre su opinión de los efectos del hecho. 

Por Redacción* 

La acción del grupo «Just Stop Oil»,  tuvo lugar la semana pasada sobre la pintura -protegida por un vidrio- creada en 1888 por el pintor impresionista holandés y valorada en 84,2 millones de dólares.  El hecho se viralizó inmediatamente a nivel mundial.

A raíz de lo ocurrido, se volvió a abrir el debate sobre el uso de las obras de arte para advertir sobre distintas problemáticas, como el sistema de explotación de los recursos energéticos, con una modalidad que, desde el observador, genera alarma, lleva al repudio, y abre la reflexión acerca de la efectividad de estas acciones y de la utilización de una obra de arte como instrumento de protesta.

Si bien la acción realizada llamó mucho la atención y generó alarmas, es inevitable preguntarse si fue efectiva o si logró llevar el mensaje que el grupo se propuso. En diálogo con Télam, el director del Museo Nacional de Bellas Artes, Andrés Duprat, el investigador y docente de la Universidad de las Artes (UNA), Juan Albin, y la artista plástica Guillermina Grinbaum, reflexionaron al respecto

Por su parte, Duprat considera que «fue eficaz en su concepción práctica, pero fallida en su concepción simbólica» al señalar como «aciertos prácticos» «la elección del lugar: la National Gallery de Londres, uno de los museos más famosos y visitados del mundo, que recibe más de 6 millones de visitantes por año». Por otra parte, «los activistas eligieron una obra icónica, popular y valiosísima como Los girasoles, realizada por uno de los artistas más célebres y conocidos por el gran público a lo largo de la historia del arte. Con esas dos elecciones, se garantizaron prensa mundial».

La acción «de abrir las dos latas de sopa y arrojar su contenido a la pintura en simultáneo fue rápida y repentina, lo que permitió llevar a cabo el plan sin que los guardias tuviesen tiempo de reaccionar e impedirlo», evalúa el especialista y agrega: «los activistas sabían que la obra estaba protegida por un vidrio, por lo que el elemento arrojado no iba a tomar contacto directo con la pintura, y también sabían que la mayoría de la gente ignoraba ese dato, por lo que el shock y el impacto mediático estarían asegurados. Hasta que los expertos del museo no aclararon que existía un vidrio protector, la mayoría creyó que efectivamente habían arruinado una obra maestra para siempre».

Luego de esa vandalización, «los activistas adhirieron sus manos a la pared con un pegamento instantáneo, para evitar ser expulsados de la sala y contar con el tiempo necesario para manifestar sus consignas y completar su protesta, lo que hicieron en menos de un minuto. La acción contemplaba la reacción de los visitantes y ocasionales testigos, quienes formaron parte del plan sin saberlo, al cumplir con la documentación y la viralización necesaria del episodio. El resto de los daños fueron menores: se mancharon el marco de la obra, la pared de la sala y el piso».

Pese a todo ese despliegue, «la gran falla o debilidad del atentado fue conceptual, ya que lo que pretendían denunciar se vio absolutamente eclipsado por la impactante lectura simbólica de la acción. Y claramente nadie podría articular el simulacro de dañar una obra de arte con una protesta en defensa del medioambiente o con una crítica al orden mundial. El medio contradijo y destruyó el mensaje, pues se pretendió poner en discusión el orden mundial con aquello que lo sustenta, es decir, los medios de comunicación», asevera el experto.

«La relación metafórica no funcionó. El símbolo que se pretendía impugnar no remite inmediatamente a la destrucción del planeta, ni al hambre en el mundo ni a nada que se le parezca. Como herramienta política la acción falló rotundamente, y la prueba es que hoy el público está hablando de la vandalización de la obra de Van Gogh y no de las consignas propuestas por los activistas», afirma categórico.

En coincidencia con Duprat, el docente del departamento de Artes Visuales e investigador de la UNA, Juan Albin, considera que esta vandalización «no es un caso especialmente interesante en cuanto a los procedimientos y las prácticas que sin duda pueden ser más complejos, elaborados y sutiles que las que nos tiene acostumbrado en el arte contemporáneo, el artivismo, esa palabra que nombra un cruce particular entre activismo político y activismo artístico».

Para el investigador, la objeción acerca de la efectividad de la acción tiene que ver con que la intervención no constituyó «una nueva obra o una práctica artística que resignifique» la emblemática obra de Van Gogh. 

Lo que para Albin sí resulta interesante es «la pregunta que provocaron en la sociedad: por qué nos escandalizamos y consternamos hasta el punto de hacer intervenir a la policía y al poder judicial cuando se daña a una representación de la naturaleza, de los girasoles en este caso, y no así cuando todos los días asistimos a la explotación y a la devastación de nuestro planeta».

Desde la concepción política del arte, la artista plástica Guillermina Grinbaum se manifiesta de acuerdo con que haya acciones que «que reclamen sobre temáticas de importancia para la sociedad y el planeta» y, al igual que Albin, se pregunta «si los actos que pretenden dañar una obra de arte constituyen un hecho artístico».

A favor del grupo ecologista que llevó adelante la acción, Grinbaum recordó que «son acciones más de efecto, de impacto, que de vandalismo y de daño efectivo de la obra. Podrían haber arrojado pintura, ácido, romper la tela, pero eligieron sopa de tomate».

«Tal vez Van Gogh, tan denostado en vida, se sentiría orgulloso de que lo hubieran elegido», dice y se pregunta «hace 150 años a quién le hubiera preocupado que se dañara una de sus obras».

No obstante, la artista considera que estos actos se convierten en polémicos porque «por una parte logran el objetivo de llamar la atención, pero se cuestiona el accionar como «vandálico» y en este sentido afecta la adhesión a la causa que motorizó la protesta». Pero, por otra parte, considera que «el llamado de atención que genera, al mismo tiempo, presentifica la valorización de la obra «supuestamente dañada» y la pone en circulación de manera masiva, haciéndola llegar a segmentos que posiblemente nunca la hubieran conocido».

Si bien destaca la veneración de las obras de arte que llevaron a extremar siempre las medidas para su conservación, cuestiona que «no tenemos conciencia del cuidado que requiere algo tan valioso como es la protección del medio ambiente: no me parece mal que la potencia del arte pueda ser utilizado como una herramienta de protesta».

*Nota extraída de Agencia Télam. Por Claudia Lorenzón